miércoles, 25 de mayo de 2016

DEL AMOR Y OTRAS LLUVIAS 1

 CAPITULO 1



Estaba de rodillas, ella se subió la falda, apartó la braga y se pasó el dedo por el coño, luego me lo metió en la boca para que lo lamiera. Acto seguido soltó una bofetada, como si mereciera un castigo por probar el paraíso.

La primera bofetada te sorprende, la segunda te duele, si en la tercera, (si permites una tercera), sientes placer por mínimo que sea, puedes considerarte un masoca. A partir de la quinta o sexta dejaba de contarlas y ella cambiaba de mano.No puedes llegar al placer, a través del dolor, si no existe deseo. Es imposible.

Un día cualquiera haces el amor con tu chica, ella en un arrebato te muerde el cuello y sientes que la poca sangre que te quedaba en el cerebro baja como un río hacia la polla. Otro día cualquiera, ella se olvida de morder porque está más pendiente del movimiento justo de cintura donde hallar su ego y tú lo echas de menos. Te corres, sí pero la intensidad es distinta.
Creo recordar que es así como sucedió. En realidad, quiero recordar que fue exactamente la busqueda de placer lo que me había llevado a Irene, una dominatrix que te mostraba un atajo al deseo y luego te lo borraba para que el camino hacía él  te doliera el doble. Dentro de mí sabía que la pérdida de rumbo, que el encuentro con Irene, no tenía nada que ver con una desviación sexual,  que realmente se debía a la falta de "ella". "Ella", esa mujer que me había hecho quedarme en una curva peligrosa del sendero, donde era más sencillo buscar el dolor para tenerla siempre, que hallar el amor para olvidarla un poco.

Siempre he tenido una dificultad extrema para diferenciar amor y sexo. ¿Si me corro en su boca es amor? ¿El sexo anal lo es? Por mucho que quieras a una persona si se la metes en el culo a cuatro patas y la agarras de la melena tirando hacía atrás, incluso si de vez en cuando das palmadas en sus nalgas, ¿Puede llamarse amor? ¿Lo es?. Hubo una mujer, (siempre hay una mujer) que contradecía mi punto de vista, me daba sus motivos y eran motivos de peso, sin embargo yo después de llamarla puta mientras empujaba como una bestia mi ímpetu en lo más profundo de su alma, era incapaz de al acabar decirle te quiero sin que ello me sonara extraño. Sin que mi amor por ella temblara un poco aún en los labios temiendo no quererla, como se debe querer a la mujer de tu vida.

En el espejo me encuentro despreciable, no físicamente, ni siquiera encuentro mi verdadero reflejo, solo veo a un monstruo que llega al orgasmo en las situaciones más humillantes. No siempre vomito. A veces las recuerdo y me masturbo. Es un modo como otro cualquiera de multiplicar el asco.
Estaba de rodillas, es mi posición preferida, no es tan denigrante, en la iglesia lo hacen a diario ante un adorno macabro. Mujeres que nunca han clavado sus piernas en el suelo, para goce de su marido, lo hacen para pedir milagros a un dios, que si existe sufre de narcolepsia indefinida. Es mirar a África y bosteza. Por ejemplo.

De rodillas, me acariciaba la cabeza con la palma de su mano, como si fuera una mascota, completamente desnudo, ella sentada en el sofá, con una falda negra dos centímetros por encima de sus rodillas y dos tacones rojos afilados, dos kilómetros por debajo del mismo infierno.
Soy amante de los tacones hasta límites insospechados, es simplemente oír el sonido y se despierta en mí un instinto casi canibal. Puede gustarme una mujer cuyos ojos no me digan nada, si sus zapatos hablan mi idioma. El del hambre. Mi devoción por ellos llega a convertirse en súplica cuando necesito que el desnudo sea incompleto, que sean unos tacones los que decoren el resto de la piel. Se lo conté a mi psicóloga, una mujer que despertaba en mi tanto morbo como una hilera de hormigas. En las sesiones siguientes jamás volvió a usar tacones. Ignoraba tal vez, que lo que a mi me gustaba era que la mujer llevara tacones, no que los tacones la llevaran a ella.

Estaba de rodillas, lo peor de esta postura es que cuando llevaba mucho tiempo me dolía la espalda. No solía quejarme. Mi premio era estar a la altura de su coño.

- ¿Sabes ladrar perro? Preguntó ella.

- Si señora. Contesté sin levantar la cabeza.

Una ama, jamás permite que la mires a la cara en medio de una sesión si no te da permiso antes. Es como faltarle al respeto. Irene era muy estricta respecto a esto. Como si en su cara tuviera una expresión que no  merecías descubrir.

- Pues no te oigo. Dijo sugiriendo directamente que emitiera algún ladrido.

Lo peor de la humillación es el ridículo. Dinamita el ego. Como estar en medio del patio del colegio cuando eras pequeño, mientras todos los demás niños se ríen de ti. O bien porque te has caído, o porque tienes gafas, o porque te crecen las orejas a insulto por segundo.

A estas alturas de mi vida aceptaba cualquier insulto por denigrante que fuera, "Hijo de la gran puta" como un traje hecho a medida por ejemplo. O que desde su voz me cambiara de sexo "la palabra hombre, te viene enorme, no eres mas que una maricona consentida". Incluso toleraba el dolor por encima de mis propios impulsos. Pero el ridículo lo llevaba muy mal. Cuando era yo por mí mismo el encargado de ponerme en evidencia, se me hacía una bola en la garganta que resbalaba hasta el estómago y explotaba, dejando en mí una sensación de vacío solo comparable a la muerte de un ser querido.

Un día, una mujer cualquiera, que bien podría ser la esposa perfecta, se olvida de morderte y tú, que eres un idiota sin escrúpulos te vas de putas. O las inventas.
Así creo que funciona. Es fácil huir de los amigos que no le gustan a tu chica, de la consola, del cine de acción, incluso cambiándolo por alguna serie ñoña donde los besos parecen pactados bajo notario. Pero jamás se puede huir del deseo. El deseo, sea cual sea, te persigue, te acorrala y te mira directamente a los ojos, dos años seguidos si es preciso, hasta que no puedes más y parpadeas. Y cada vez que parpadeas ante él, en ese instante de oscuridad lo encuentras. Luego, casi siempre parpadear es pura inercia.

- Guau. Dije tímidamente, como si por un agujero en medio del salón me estuviera observando el universo.

- ¿Eso es todo lo que sabes hacer? Pareces un yorkshire. ¿Estás diciendo con ese ladrido de mierda que una mujer como yo, solo merece un perro con complejo de rata?

Su voz era firme como una vara de bambú, no hacía falta que acudiera a la fusta que descansaba sobre una mesita de lujo que teníamos justo detrás nuestra. A veces las palabras si las usas bien y en el tono adecuado tienen más poder que un acto. Si educas a un ser a base de hostias no prentendas que se intimide u obedezca a un  diálogo, en cambio si la educación es mediante el verbo quizás cuando las cosas se pongan feas te baste con amenazar con la mano levantada, sin llegar a bajarla nunca.

- Guau. Esta vez salió de lo más profundo de mí, hasta el punto de casi crear un eco en el edificio.

Me cogió con dos dedos la barbilla y me la subió para que la viera sonreír.
Era guapa, su melena negra le caía por los hombros como diluvio invernal, sus ojos grandes y oscuros, como las noches de campo, los labios debilmente perfilados en rojo, cuando tenía la boca cerrada parecía la silueta de un corazón, cuando la abría te arrancaba el tuyo sin clemencia. Se le enrojecían los pómulos con facilidad ante cualquier calor, como si alguien quemara leña debajo de sus párpados. Una nariz tan pequeña que sospechabas que su respiración era solamente una cuestión oral. Guapa muy guapa, como de mentira.

- ¿Sabes? Dijo mientras encendía un cigarro- en realidad me das un poco de pena. Podrías estar por ahí buscando el amor de tu vida y sin embargo estas aquí dispuesto a que te rompa la cara.No te pareces a esos otros que suelen venir. Barrigones de cincuenta que para verse la polla tienen que ponerse frente a un espejo, hombrecillos acomplejados, que necesitan que alguien les recuerde el atajo para escapar de sus miserables vidas y que curiosamente siempre tienen la felicidad dentro de sus apestosos culos, consolador más grande, sonrisa más amplia. Estúpidos que marcan límites, hasta tal punto que dejan de ser sumisos y se convierten en dominantes de un falso espectáculo donde ni siquiera yo participo en el show como algo real. Soy parte de la ficción en la que ellos mismos se auto engañan. Gente de poder, gente que tiene tanto poder que les sobrepasa, que después de mandar al paro a mil trabajadores o quedarse con la pasta de cientos de contribuyentes, buscan de desahogo el dolor, como si yo tuviera en el látigo que cruza sus espaldas el agua bendita que borra sus pecados. Se limpian el alma con un poco de sufrimiento, que no es más que deseo contenido.
Y luego estas tú, que no se donde calificarte.

Irene si sabía donde calificarme, sabia el por qué, sabía el cómo y sabía el cúanto. Tenía absoluta certeza de que mi llegada a sus zapatos se debía a que alguien puso sus huellas en dirección opuesta a las mías. Se lo dije todo la primera vez. Le pagué porque me oyera. Una sesión de sado oral, sin azotes, sin insultos, sin desnudo. La más dolorosa de todas. Y sin embargo huía de su conocimiento para poder darme lo que necesitaba en cada instante.
Me echó el humo en la cara y pasó sus dedos de pianista frustrada por mi pelo como buscando en ellos un tesoro.

- ¿Has hecho alguna vez algo tan romántico como compartir el cáncer? Preguntó volviendo a lanzar una nube de humo contra mis ojos.

- No mi señora. Dije. Con la intención de que fuera la respuesta que quería oír.

- ¿Quieres decir que soy lo mas romántico que ha pasado por tu vida desgraciado?

- Bueno... Umm.. No se mi  señora. Titubeé sin saber que responder.

Su mirada se metía por mi piel como un punzón, era incapaz de sostener sus ojos en los míos, me quedaba flotando en su boca, soñando con el sabor de su saliva.

- ¿Ni siquiera eres capaz de juntar diez o doce palabras para que salga de tu sucia garganta algo similar a una frase?

Me escudé en el silencio, un silencio que duró dos profundas caladas.

- Te voy a hacer una pregunta y quiero una respuesta coherente, quiero algo más que un simple balbuceo perro de mierda. ¿Lo entiendes verdad?

- Si mi señora. Contesté atemorizado por la intriga.

- ¿Que coño esperas de la vida? Esa es la pregunta. Cruzó las piernas, que hasta ahora permanecían juntas y pegadas. Su tacón afilado se movía escribiendo la palabra morbo en el aire.

- Lo único que espero de la vida, es que la vida no espere nada de mí. La respuesta me salió así, de golpe, como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta. Como cuando en la adolescencia te estudiabas un par de temas y te agarrabas a la suerte de que  ellos entraran en el examen.
Ella me regaló otra vez el brillo de su sonrisa, como si la hubiera convencido con mi contestación. Asintió con la cabeza en un acto que por un momento se pareció al cariño. A una simbiosis mutua.

- Me gustas, quiero decir que hasta podría llegar a follarte. Pero hoy no. Hoy solamente lamerás mis zapatos hasta que el brillo te de sensación de haberte quedado ciego, luego te abofetearé un rato, te escupiré en la cara, en la boca y me comerás el culo y el coño hasta que no sepas si tienes lengua o la perdiste dentro de mis agujeros.¿ Lo entiendes verdad?

- Lo entiendo señora.

- Claro que lo entiendes. Eres un perro listo. Dijo.

- Gracias mi señora. Volví a contestar.

- Y si lo haces todo tan bien, que me regalas un solo orgasmo, seré tan generosa contigo, que te regalare mis bragas para que no me eches de menos cuando te excites pensando en el sabor de mi cuerpo. Bajó mi cabeza, apartándome de su hermosa sonrisa de poder y comencé a lamer sus tacones
.
Estaba de rodillas pero creo que eso, ya lo había dicho.


sábado, 20 de junio de 2015

Un poema

- Demasiada ropa.- Dice.
Tiene las piernas largas como infancia sin columpio. Los pies pequeños, de huellas borrosas.
- Sé que prefieres los tacones pero yo adoro estar descalza.
Se eleva sobre sus dedos como si pretendiera ser más alta. Yo la observo con la seguridad de que podría doblarme hasta el suelo por rozar sus labios.
- ¿Para ser un poema tengo que follar contigo? Me pregunta con toda la boca llena de versos.
- Es más posible si me dejas con las ganas. Me sincero.
- Si follas conmigo siempre tendrás más ganas. Dice plagiando la sonrisa de alguna actriz porno.
- Demasiada ropa. Repite.
Se quita la camiseta con la misma torpeza que un hombre, la lanza al suelo hecha una bola y todo el suelo se arruga con ella.
El sujetador es negro. Sus pechos, pequeños. Caben en las manos y en los sueños. Entran en la boca y en los ojos. Intuyo los pezones rosados, sensibles al frío, cortantes como folios en blanco.
Tengo la impresión de haberla visto antes. En otra escena tal vez, de rodillas seguramente, rodeada de hombres que soñaban ser músicos.
- Estoy segura que eres torpe con el click del sujetador. Que haces cosquillas en la espalda cuando te tiemblan las manos.
Uso la mueca de los lunes para evitar la burla.
- Yo puedo ayudarte. Dice mientras sus manos buscan con soltura donde acaba la oscuridad. Sus pechos desnudos iluminan la casa. Como si antes toda mi vida fuera un eclipse. Sus pezones son los interruptores que le dan luz al mundo. La suave caída de sus pechos mienten sobre su edad. Gritan la palabra adolescencia. Parecen manoseados por un escultor cuya meta es la redondez del universo.
- Un poema, luego me olvidas. Dice acercándose tanto, que lo único que siento es que está lejos todavía.
Coge mis manos y las coloca en la cintura, en el filo de su falda, se mueve ligeramente de izquierda a derecha, en un balanceo sutil que mece mi hambre al borde de su ombligo. Acerco mi boca y desciendo mis dedos hasta hallar el color de sus bragas.
- Demasiada ropa para un poema. Le digo yo.
Ella asiente con la cabeza. Creo que sonríe. Ya no puedo mirarle el rostro. Siempre que estoy en la orilla se me olvidan las turistas. Ya no me importa el desnudo en las toallas. La piel tostada es devorada por todo el azul del horizonte. Me he enamorado de olas que tenían tus ojos, de ojos que tenían tu mar, de mares que te cabían entre los muslos.
He dejado que sus braguitas besen el suelo. He tumbado su espalda sobre el sofá, he elevado sus piernas a un techo que prometía manchas de humedad, mientras bajaba la cabeza hasta sus piernas.
He clavado la lengua, como si fuera la bandera de la victoria de un ejercito de versos que se habían apoderado de mi garganta. Y he empezado a escribir, su poema, mi poema, con toda la lluvia que cabía entre mis labios.
He dejado que sea ella la que le ponga el título, mientras yo he esperado sediento el diluvio.
Y el olvido.

viernes, 19 de junio de 2015

Mes 3 después de ti


Casi es verano. Digo casi porque sin ti todo es incompleto. También fue casi primavera. Sin embargo creo que cuando llegue el invierno se multiplicará por dos. El que será y el que tú has dejado. Hará un frío de cojones, estoy seguro. Desde hace unos días, cuando despierto y no estás al otro lado, tengo la sensación de haber estado toda la noche soñando con otra. Una mezcla entre la culpabilidad y el vacío se apoderan de mi pecho y me escucho latir tan desafinado, que temo seriamente morir en un acorde. Quien te ha visto bailar sabe que es posible morir de música.
He estado yendo a los lugares donde ser feliz era sencillo, sin embargo ni siquiera me he acercado un poco a esa sensación de que el mundo está girando a la misma velocidad a la que yo camino. Supongo que el verdadero secreto de la felicidad está en no cuestionarla, en no tener la necesidad de hacerse ninguna pregunta, porque es en las respuestas donde se hallan todas las tristezas.
Mi padre decía:
Cuando creas que tu vida es una mierda, basta con que veas los diez minutos primeros de cualquier telediario y tu infierno te resultará un hotel de cinco estrellas.
Jamás he cuestionado esa teoría, sin embargo, pienso que lo verdaderamente jodido no es el infierno en sí, sino el tamaño de los demonios que lo habitan.
Y ella, todavía aquí en el mío, continúa siendo enorme.

jueves, 18 de junio de 2015

Ya me sé esta historia


Te sentarás con las piernas cruzadas, jugaremos a las miradas,
crearemos un muro insalvable de excusas,
una línea invisible,
un agujero,
una guillotina que nos corte las caricias de raíz.
Dejaremos que el futuro juegue con las cartas marcadas
y lo llamaremos destino.
Porque ni siquiera tendremos cojones
de llamarlo miedo.

miércoles, 17 de junio de 2015

Mes 2 después de ti


He empezado a dormir hacía el otro lado, aunque siempre al despertar lo primero que hago es darme la vuelta, por si acaso. El por si acaso es la esperanza de los estúpidos. Reconozco que mi esperanza es nula pero soy mucho más estúpido desde que no estás.
He estado observando algunas fotos, tú siempre sonriendo y yo con esa rara mueca de incertidumbre. Como si antes del flash eternizador ambos supiéramos del futuro, ambos conociéramos nuestro destino.
Hoy pienso en todo más fríamente. No puedo culparte. La primavera no puede ocuparse de una sola flor. Ninguna tormenta nace para mojar una simple acera. El mar deja marchar a sus olas. Las mece, las lleva consigo, se deja acariciar y lamer pero siempre hay una orilla donde acaba todo. Debí suponer el naufragio, divisar alguna isla y no esperar tu regreso. Pero no pude y acabe destruyendo, al romper, los castillos de arena de mi infancia.
En la calle tengo la extraña sensación de haberme hecho invisible. Todos miran el espacio en el que no estás tú y a mí nadie me ve. Llevo el peso de tu ausencia agarrado a mis tobillos. No hay mayor condena que una libertad sin ti.
Ana dice que todo está en mi cabeza.
- Sobre todo ella. He contestado.
- Ese es el problema. Confirma sin reparo.
En el bar ya saben qué voy a tomar. Creo que uno debe considerarse un borracho cuando el camarero al mirarte asocia tu sed a una marca. No bebo para olvidar, soy consciente que lo mejor de mí es su recuerdo. Bebo para poder prescindir de su boca. Para vomitar su nombre al fondo de un retrete. Para que el camino a casa se me haga más largo, el sueño más profundo, su ausencia un espejismo. Bebo porque no puedo besarla. Sobre todo por eso. Porque no puedo besarla.
He limpiado la casa. Ya no parece una batalla. Hago la cama todos los días, huele al ambientador de mora que tanto te gustaba. Los champús colocados de mayor a menor tamaño, los cuadros rectos, las plantas regadas, podrías incluso reflejarte en los cristales del salón y en la cocina siempre hay café recién hecho y chocolate en la despensa. Y todo sabiendo que no vas a volver nunca. Pero ya sabes, por si acaso. Y porque soy estúpido.

lunes, 15 de junio de 2015

Mes 1 después de ti


Todavía estiro la mano por las mañanas hacia tu hueco. Y duermo hacia el lado izquierdo para que seas lo primero que vea al despertarme. No consigo acostumbrarme a tu ausencia. No la soporto. Ni siquiera la asumo. No es una cuestión de esperanza. Simplemente no acepto la derrota. No hallo el modo de salir ileso, me duele igual callar tu nombre que gritarlo. Es como tener una herida en la punta del dedo con el que te tocas el resto de la piel. En realidad solo te duele el dedo pero lo ignoras.
A mí solo me dueles tú pero se me está quejando el mundo.
La calle es un inmenso agujero. No tener tu mano al otro lado es como estar en una eterna caída. Apenas salgo.
La casa tampoco ayuda mucho. Estás por todas partes y en ninguna. Te has olvidado tu olor, parte de tu ropa, dos palabras de amor en el espejo del baño, un cuadro a medio pintar, ese maldito cantautor en la radio, una lágrima en mi chaqueta preferida y un viaje de ida al centro del infierno, por el atajo que existe en el cajón de tus bragas.
Espero que donde estés no te encuentres bien. Y que me eches de menos. Que te duela decir mi nombre. Que te agobie callarlo. Que la calle también sea un puto agujero. La cama, una guerra. Dormir, un suplicio. Que no consigas escribir la palabra orgasmo en el crucigrama de tu coño. Y si lo haces sea con una herida en la punta del dedo. Que ignores si es placer por ti misma o el dolor de mi ausencia.
Y vuelvas. A por todas las cosas que te has olvidado. Sobre todo a por mí. La más importante.

martes, 8 de enero de 2013

323

No, no estoy cansado de ti - No sé si al final surgirá algo entre nosotros-

Estoy cansado de mi estúpida seguridad de que, algún día, estaré dibujando corazones con la lengua alrededor de tu ombligo.

Así que a partir de ahora, pensaré que lo nuestro es absolutamente imposible, mientras tú continuarás con la eterna duda.

Creo que me tranquilizará saber que tienes más esperanza en nosotros que yo mismo.