- Era tan bonita, que se hizo lesbiana de sí misma. Incluso la vi masturbarse frente al espejo, excitarse con el color de su piel, con cada pliegue de su carne, en posturas tan imposibles, que cualquier jurado estricto de gimnasia artística, no hubiera tenido más remedio, que levantar el cartel con el numero diez.
"Cara de perro" estaba más enamorado de la ausencia de Salma, de lo que lo había estado de su presencia en aquellos tres años.
- No era una mujer cualquiera, era cualquier mujer que le hubiera apetecido ser. Dijo con la vista perdida en el fondo del tubo de whisky.
- ¿Como era ella? Preguntó sin levantar la mirada.
- ¿Quién? Dije interrogante.
- ¿Laura, como era laura? Volvió a insistir. Esta vez mirándome al centro de los ojos.
Suspiré profundamente. Siempre me dolía escuchar su nombre en boca de otro. Me encendí un cigarro, apuré una calada profunda lanzando el humo como si fuera nostalgia.
- Ella era el todo, que le falta a esta mitad. Dije.
"Cara de perro" se quedó observándome, como quién intenta hacer una ecuación imposible.
- ¿Tú sabes que yo no llegué ni al instituto, no?
Asentí con la cabeza.
- Pues a mí no me vengas con frases de esas para mujeres que se dejan sorprender. A mí háblame claro joder. Ingirió media copa de un trago y se marcho a mear.
Una noche, en la que "cara de perro" había solucionado sus diferencias a puñetazos con dos ingleses, mientras el resto del bar observaba los golpes sin intriga pues ya sabían de donde saldría toda la sangre, "el viejo Julio" me dijo en voz baja.
- Este tipo se jacta al decir - Gracias a Salma, soy lo que soy- ignorando que nosotros lo que vemos es un monstruo y consigue que aún sin conocerla, todos odiemos a esa maldita mexicana.
Lucía me hizo un gesto con el rostro para que mirara a la puerta, me giré sin mucha curiosidad y allí estaba ella. María. No estaba lloviendo esta vez, de hecho hacía veinte días exactamente que no caía una puta gota en la ciudad. Llevaba su pelo negro recogido, lo que le daba a la cara un tono más agresivo. Como si hubieran soltado una pantera en medio del bar. Tenía unas mallas negras tan pegadas a la piel, que en el triángulo equilátero que le hacía el coño se podía leer el verbo follar en doce idiomas diferentes. Unos tacones de unos trece centímetros por encima del infierno, una blusa azul y una sonrisa de saber cuanto morbo despertaba su presencia.
- ¿ Quién coño es? Preguntó "cara de perro" una vez regresó del aseo.
Sin dejar de recorrer sus pasos con los ojos pegados a su silueta solamente puede soltar - Un sueño y esta vez espero que nada me despierte-.
Justo desde aquí te veo las bragas
sábado, 26 de mayo de 2012
domingo, 29 de abril de 2012
Crónicas de un barrio a las afueras (7)
No había mucha gente aquella noche en el Oasis, al fondo jugaban a las cartas un grupo de hombres y un par de mesas más a la izquierda unos cuantos trabajadores echaban horas extras con la ginebra. Sus diálogos se centraban en fútbol o coches. Yo no sabía nada de ninguna de las dos materias y es realmente complicado pertenecer a este genero, cuando no eres capaz de saber que mediocentro va a fichar el Madrid o que motor tendrá el nuevo formula uno, que conducirá Fernando alonso la próxima temporada.En la barra Irene ponía más glamour del que podía soportar la lampara de la sala. Había mas luz en sus ojos, que en las nueve bombillas que luchaban contra la oscuridad del garito. Irene era puta y rumana por ese orden, llevaba tres años en España y hablaba el castellano con tan asombrosa nitidez, que por momentos parecía del mismo Valladolid.
- Los hombres quieren follar de eso no cabe duda, sin embargo le dan todavía mas importancia a ser escuchados. Por eso vienen tantos casados al polígono, en casa tienen sexo, es como una parte del matrimonio a la que la mujer se somete, como una ley invisible, que pacta a la hora de los anillos. Pero oír a un hombre va mas allá de la apetencia, eso o surge o no surge. Es mas fácil fingir un orgasmo que una conversación. Las putas estamos preparadas para ambas técnicas.
Al menos las putas buenas. Decía con una sonrisa tan cálida que derretía los cubitos de hielo de las copas.
- ¿Ah de Rumania? ¿Seras de bucarest no? -Aquí el hombre necesita ser el inteligente. - Si de Bucarest les digo. Se sienten felices, por haber asociado la única ciudad que conocen de mi país con la mía. Yo soy de Timisoara pero eso importa una mierda. Incluso me importa una mierda a mí. Así que los contento. Sois fáciles. Ataca.
Irene me gusta, es muy inteligente, sobria y muy directa, hablar con ella es robarle minutos a la muerte. Tiene los ojos verdes y profundos, por momentos parecen abismos donde de caer puedes quedarte eternamente flotando en ellos. Rubia, pálida como el culo de la luna, con dos buenas tetas de esas que consiguen creer en el diablo antes que en dios y unas piernas infinitas, siempre decoradas por tacones afilados que hacen opera cuando viene y heavy metal cuando se marcha.
- A mi madre le dije en su día que trabajaba en un banco. Me confesó a la vez que pintaba de rojo carmín el filtro de su cigarro.
- ¿Y se puso contenta? Le pregunté.
- Disimuló bien. Contestó. Ella cree mas en la genética que en su propia hija.
Irene me contó una vez, que cuando tenía dicecinueve años había asesinado a un hombre.
- Violó a mi hermana de nueve años, no solo la desgarró por dentro, también de forzarla le rompió un brazo. Lo esperé una noche en su portal y le corté el cuello. Así de simple. Nadie vino a buscarme, aunque todos sabían que había sido yo, mi barrio es pequeño. Ha sido la única vez en mi vida que en los ojos de la gente he sido heroína antes de víctima.
Lo narró emocionada, con los ojos húmedos.
- A veces el hijo de la gran puta me sale en sueños, dice que en el infierno a los asesinos se los follan por el culo. Debe ser que allí aun no llegó la noticia de que soy puta. Soltó con ironía.
- ¿Crees en el diablo? Le pregunté.
- Solo en plural. Contestó acabándose la copa.
No se hasta que punto podía ser verdad lo que contaba Irene, lo cierto es que yo solo creía en la gente que no tenía razones para engañarme, ni físicas, ni económicas, ni de ego e Irene era una de las pocas con las que me había encontrado en mi vida.
- ¿Y da placer? Pregunté.
- ¿ El qué?
- ¿Matar? Le sugerí.
Sonrió ante mi curiosidad, me daba cierta tristeza ver su bonita boca, siempre acababa por imaginarla tragando con mas asco que vergüenza el desahogo de cientos hombres.
- No lo sé, lo que si da es miedo. Dijo. - Que sea mas fácil destruir que crear es para observar el mundo con cierto recelo. Confesó.
- No me arrepiento- continuó- y volvería a hacerlo si es lo que te
preguntas.
Ahora estaba allí sentada, a mi lado, con un cadáver a la espalda, comiendo tortilla y bebiendo cola light, a tan solo 30 euros de follar conmigo, quizás a 60 de dormir en mi cama, despertando una guerra sin tregua entre lo hiponcondriaco y el morbo. Que siempre ganaba el miedo.
En la calle había dejado de llover, los charcos con menos escrúpulos de aquella avenida triste me devolvían mi imagen, anduve camino a casa abrazando farolas, lamiendo mis propias cicatrices internas y exponiendo a la luz de la luna las heridas externas, las de esas mujeres que una vez decidieron que yo no valía otro beso.
La luz de la habitacíon de Cristal estaba encendida, me quedé allí, en mitad de la calle observando el baile lento de sus cortinas rosas y suspiré, en otro absurdo intento de ser parte del aire. Como el polvo.
viernes, 6 de abril de 2012
Crónicas de un barrio a las afueras (6)
"Cuando la arrancaron de mis brazos aún respiraba, aunque sus piernas estaban a veinte metros de distancia. Se llamaba Paula, tenía siete años y quería ser princesa". Cuando cristal hablaba del pasado la nostalgia tenía el rostro de un violador serbio. "Era domingo creo, aunque en aquellos años casi siempre era domingo". Acababa de cumplir los cuarenta y sus mejores recuerdos cabían en una caja de galletas.
"Hace mucho tiempo de aquello y he intentado empezar de cero un montón de veces pero cada vez que lo hago la muerte de Paula cumple otro año". Rocé mis manos con las suyas, en sus dedos los bolígrafos escribían posdatas de impotencia. Intenté hacerla sonreír, olvidando que en lo único que soy un profesional es en hacer brotar las más amargas lágrimas. Nos besamos timidamente, labio con labio, como si estuviéramos en quinto de primaria. En su terraza, las estrellas brillaban de otro modo, con menos fuerza y la luna no era mas que una farola a punto de fundirse.
- A veces temo que no vengas más-. Me susurró suavemente cerca del oído. De hecho cualquier otro que no hubiera tenido sexo en la segunda cita jamás hubiera vuelto a aparecer.
Me gustaba el olor de su cabello, era suficiente razón para volver a verla. Además que cuando cruzaba las piernas con aquel vestido de flores, la primavera y el verano se besaban en la boca.
Una estrella cruzó el cielo como un conductor borracho hasta apagarse en la inmensidad de aquel espeso negro. Nos miramos y a la vez pedimos un imposible en forma de deseo, aunque seguramente no era el mismo.
Decía cara de perro, que a las mujeres solo había dos cosas que le gustaban más que un orgasmo, que las escucharas y salir de compras. Era muy tarde para centros comerciales, así que nos sentamos entre los geranios que tenía plantados y por enésima vez oí la historia de Paula. Desde el principio.
"Hace mucho tiempo de aquello y he intentado empezar de cero un montón de veces pero cada vez que lo hago la muerte de Paula cumple otro año". Rocé mis manos con las suyas, en sus dedos los bolígrafos escribían posdatas de impotencia. Intenté hacerla sonreír, olvidando que en lo único que soy un profesional es en hacer brotar las más amargas lágrimas. Nos besamos timidamente, labio con labio, como si estuviéramos en quinto de primaria. En su terraza, las estrellas brillaban de otro modo, con menos fuerza y la luna no era mas que una farola a punto de fundirse.
- A veces temo que no vengas más-. Me susurró suavemente cerca del oído. De hecho cualquier otro que no hubiera tenido sexo en la segunda cita jamás hubiera vuelto a aparecer.
Me gustaba el olor de su cabello, era suficiente razón para volver a verla. Además que cuando cruzaba las piernas con aquel vestido de flores, la primavera y el verano se besaban en la boca.
Una estrella cruzó el cielo como un conductor borracho hasta apagarse en la inmensidad de aquel espeso negro. Nos miramos y a la vez pedimos un imposible en forma de deseo, aunque seguramente no era el mismo.
Decía cara de perro, que a las mujeres solo había dos cosas que le gustaban más que un orgasmo, que las escucharas y salir de compras. Era muy tarde para centros comerciales, así que nos sentamos entre los geranios que tenía plantados y por enésima vez oí la historia de Paula. Desde el principio.
domingo, 1 de abril de 2012
Crónicas de un barrio a las afueras (5)
Aunque antes de entrar al bar la intención fuera tomarse un simple café, era atravesar la entrada y la garganta te pedía el alcohol más duro que fueran capaz de servirte. Detrás de la barra estaba lucía. Lucía tenía muchas ganas de morirse, no es que me lo hubiera afirmado nunca pero era fea. Muy fea. En este mundo donde te suelen juzgar por tu apariencia física para querer morirse puede bastar con ser feo. A Lucia le bastaba.
No venía a menudo, por aquello de mantener el equilibrio y la decencia. No era un lugar acogedor, estaba mal decorado con cuadros abstractos que parecían trozos de mujeres desnudas, en tonos muy oscuros, las sillas eran incómodas, los taburetes demasiado bajos, la barra, aunque Lucia pasaba el trapo cada hora siempre tenia el aspecto de que te podías quedar pegado en cualquier momento y perder la higiene o un brazo.
No solían entrar muchas mujeres, alguna despistada extranjera, alguna puta del polígono industrial que estaba a unos escasos trescientos metros, simples borrachas que necesitaban vomitarse encima antes de dormir, o María.
Cuando digo María, me gustaría poder expresar con ese nombre, el trozo de felicidad que le falta a cada hombre en su vida. Lo que la hacía común y comparable por su forma de llamarse a tantas otras, lo salvaba con su presencia de un modo tan descarado, que era la única María que he conocido que no merecía responder por ese nombre.
La primera vez que la vi fue una noche de lluvia, entró completamente mojada, se plantó en el centro del bar como si fuera parte de los rayos de la tormenta del electrizante cielo y soltó:
- No he encontrado un paraguas libre en toda la ciudad.
Ninguno de los que estábamos allí dentro fuimos capaces de dejar de observarla, nadie nunca había visto, salir de la ducha a una mujer tan desnuda.
Confieso que la mayoría de las veces que he regresado a este bar fueron por verla, de hecho no recuerdo si he faltado alguna noche de tormenta desde aquel día.
- Sabia que ibas a venir, me lo avisaron los charcos. Me dijo Lucia una vez.
Lucia tenia los ojos grandes, muy grandes, de un marrón confuso, la nariz afilada, los labios finos como folios y los dientes absurdamente alineados como una mala partida de tetris. No era alta ni baja, ni delgada ni gorda, plana como si antes de nacer tuviera dudas sobre si ser niño o niña. Lo mejor de Lucia, o quizás lo único bueno, era su voz, dulce y melódica. Hubiera sido la mejor madre del mundo cantando nanas si alguien alguna vez la hubiera amado tanto por dentro, que por fuera al menos le hubiera resultado visible.
- Hoy tampoco apareció- Dijo Lucía mientras secaba los vasos. -Tendrás que esperar al próximo diluvio o a las cuatro de la mañana de esta misma noche, es la hora en la que en mi ojos comienza la tormenta.
La miré y me odié terriblemente por no amarla. Por esta puta superficialidad que le ganaba el pulso a mi bondad. Acaricié su mano suavemente antes de marcharme a jugar como un niño indefenso con los charcos de las aceras.
Y me mojé la vida, otra vez.
No venía a menudo, por aquello de mantener el equilibrio y la decencia. No era un lugar acogedor, estaba mal decorado con cuadros abstractos que parecían trozos de mujeres desnudas, en tonos muy oscuros, las sillas eran incómodas, los taburetes demasiado bajos, la barra, aunque Lucia pasaba el trapo cada hora siempre tenia el aspecto de que te podías quedar pegado en cualquier momento y perder la higiene o un brazo.
No solían entrar muchas mujeres, alguna despistada extranjera, alguna puta del polígono industrial que estaba a unos escasos trescientos metros, simples borrachas que necesitaban vomitarse encima antes de dormir, o María.
Cuando digo María, me gustaría poder expresar con ese nombre, el trozo de felicidad que le falta a cada hombre en su vida. Lo que la hacía común y comparable por su forma de llamarse a tantas otras, lo salvaba con su presencia de un modo tan descarado, que era la única María que he conocido que no merecía responder por ese nombre.
La primera vez que la vi fue una noche de lluvia, entró completamente mojada, se plantó en el centro del bar como si fuera parte de los rayos de la tormenta del electrizante cielo y soltó:
- No he encontrado un paraguas libre en toda la ciudad.
Ninguno de los que estábamos allí dentro fuimos capaces de dejar de observarla, nadie nunca había visto, salir de la ducha a una mujer tan desnuda.
Confieso que la mayoría de las veces que he regresado a este bar fueron por verla, de hecho no recuerdo si he faltado alguna noche de tormenta desde aquel día.
- Sabia que ibas a venir, me lo avisaron los charcos. Me dijo Lucia una vez.
Lucia tenia los ojos grandes, muy grandes, de un marrón confuso, la nariz afilada, los labios finos como folios y los dientes absurdamente alineados como una mala partida de tetris. No era alta ni baja, ni delgada ni gorda, plana como si antes de nacer tuviera dudas sobre si ser niño o niña. Lo mejor de Lucia, o quizás lo único bueno, era su voz, dulce y melódica. Hubiera sido la mejor madre del mundo cantando nanas si alguien alguna vez la hubiera amado tanto por dentro, que por fuera al menos le hubiera resultado visible.
- Hoy tampoco apareció- Dijo Lucía mientras secaba los vasos. -Tendrás que esperar al próximo diluvio o a las cuatro de la mañana de esta misma noche, es la hora en la que en mi ojos comienza la tormenta.
La miré y me odié terriblemente por no amarla. Por esta puta superficialidad que le ganaba el pulso a mi bondad. Acaricié su mano suavemente antes de marcharme a jugar como un niño indefenso con los charcos de las aceras.
Y me mojé la vida, otra vez.
jueves, 22 de marzo de 2012
Historias de un barrio a las afueras (4)
Decía el "viejo Julio" que una persona deja de ser joven cuando para ver a sus amigos en lugar de ir a un bar cualquiera tenía que ir al cementerio.
Yo no he tenido muchos amigos, para considerarlo amistad, uno debe además de compartir los secretos, aceptarlos. Tener el poco orgullo para pedir disculpas y el arte de saber perdonar. Siempre he pensado que los amigos de cada persona se cuentan por las mentiras que cada uno sea capaz de contarles.
El "viejo Julio" también decía entre sorbo y sorbo que la amistad es lo que le sobra al amor y el sexo lo que le falta. Que una persona empieza a follar de verdad cuando se quiere más a si mismo que a su pareja. Y ocurre, te lo juro que ocurre. Confirmaba a la vez que hacía memoria rascándose la coronilla.
Un tipo peculiar, que formaba parte de los decorados de los bares más viejos de la ciudad, algunos decían, que él fue quién se tomó la primera copa en todos ellos y que a este paso donde la economía era un puto desastre también se tomaría la última.
- No soy divorciado, ni soltero, ni viudo, simplemente me las he arreglado para estar solo. Y no es fácil. Yo nunca he levantado un copa por una mujer, ni para celebrar ni para olvidarla. Mis borracheras no han sido más que sed y créeme amigo, cuando no te quiere nadie, no basta con el agua.
Estaba pensando en Valeria, esa rubia que apareció en la pista de baile, como un rayo de tormenta en una noche de verano. Pensando en que quizás no existía tal y como la recordaba. Aquella mañana me había deshecho de su teléfono pero su recuerdo taladraba mi cabeza. Su recuerdo era un vecino martillo en mano a las ocho de una mañana de domingo, clavando las alcayatas que sostedría su pasado de rutinas.
- Julio- le pregunté- ¿Si una mujer que acabas de conocer te da su teléfono que significa?
Julio volvió a su coronilla, blanca como si hubiera enterrado su cabeza en nieve. - Que nunca tendrá saldo para llamarte ella- Dijo y sonrió,como quién tiene la verdad absoluta de las cosas.
Yo no he tenido muchos amigos, para considerarlo amistad, uno debe además de compartir los secretos, aceptarlos. Tener el poco orgullo para pedir disculpas y el arte de saber perdonar. Siempre he pensado que los amigos de cada persona se cuentan por las mentiras que cada uno sea capaz de contarles.
El "viejo Julio" también decía entre sorbo y sorbo que la amistad es lo que le sobra al amor y el sexo lo que le falta. Que una persona empieza a follar de verdad cuando se quiere más a si mismo que a su pareja. Y ocurre, te lo juro que ocurre. Confirmaba a la vez que hacía memoria rascándose la coronilla.
Un tipo peculiar, que formaba parte de los decorados de los bares más viejos de la ciudad, algunos decían, que él fue quién se tomó la primera copa en todos ellos y que a este paso donde la economía era un puto desastre también se tomaría la última.
- No soy divorciado, ni soltero, ni viudo, simplemente me las he arreglado para estar solo. Y no es fácil. Yo nunca he levantado un copa por una mujer, ni para celebrar ni para olvidarla. Mis borracheras no han sido más que sed y créeme amigo, cuando no te quiere nadie, no basta con el agua.
Estaba pensando en Valeria, esa rubia que apareció en la pista de baile, como un rayo de tormenta en una noche de verano. Pensando en que quizás no existía tal y como la recordaba. Aquella mañana me había deshecho de su teléfono pero su recuerdo taladraba mi cabeza. Su recuerdo era un vecino martillo en mano a las ocho de una mañana de domingo, clavando las alcayatas que sostedría su pasado de rutinas.
- Julio- le pregunté- ¿Si una mujer que acabas de conocer te da su teléfono que significa?
Julio volvió a su coronilla, blanca como si hubiera enterrado su cabeza en nieve. - Que nunca tendrá saldo para llamarte ella- Dijo y sonrió,como quién tiene la verdad absoluta de las cosas.
domingo, 18 de marzo de 2012
Historias de un barrio a las afueras (3)
"Todos podemos amar la paz pero enamorarte de ella sólo es posible cuando has conocido la guerra". Cristal era bosnia, de madre española."Todavía cuando me echo a dormir escucho tiros, es como si tuviera bombas anti-persona debajo de la cama, que explotan cuando cojo el sueño".
Había visto de morir a tantas personas que ya no mataba ni el tiempo.
Vivía en el bloque frente al mío, desde la ventana de la cocina podía ver cómo vestía al aire con sus bragas, abanderando del color del morbo, el cielo de esta perversa ciudad.
"Las manchas de sangre no hay detergente que las borre,se quedan en la memoria". Fumaba entre tristeza y tristeza, a veces miraba al horizonte esperando que ocurriera algo, en sus ojos los cadáveres se apilaban por orden genético.
Ayer estuvimos sentados un rato en el parque, no hablamos mucho. Hay mujeres que dicen más cuando callan que cuando hablan, a Cristal le bastaban dos frases para que el resto del diálogo fuera respirar, como si el idioma oficial entre nosotros se basara en los suspiros.
Nos despedimos fríamente en su portal, ya lo habíamos hecho otras veces. En mi chaqueta su olor jugaba al ajedrez con mi conciencia y mientras mi rey neuronal se tambaleaba, en su casa una bomba le regalaba otra noche de insomnio.
Había visto de morir a tantas personas que ya no mataba ni el tiempo.
Vivía en el bloque frente al mío, desde la ventana de la cocina podía ver cómo vestía al aire con sus bragas, abanderando del color del morbo, el cielo de esta perversa ciudad.
"Las manchas de sangre no hay detergente que las borre,se quedan en la memoria". Fumaba entre tristeza y tristeza, a veces miraba al horizonte esperando que ocurriera algo, en sus ojos los cadáveres se apilaban por orden genético.
Ayer estuvimos sentados un rato en el parque, no hablamos mucho. Hay mujeres que dicen más cuando callan que cuando hablan, a Cristal le bastaban dos frases para que el resto del diálogo fuera respirar, como si el idioma oficial entre nosotros se basara en los suspiros.
Nos despedimos fríamente en su portal, ya lo habíamos hecho otras veces. En mi chaqueta su olor jugaba al ajedrez con mi conciencia y mientras mi rey neuronal se tambaleaba, en su casa una bomba le regalaba otra noche de insomnio.
martes, 13 de marzo de 2012
Crónicas de un barrio a las afueras (2)
"Cara de perro" sabía tres idiomas. El castellano, el de los ojos y el de los puños. Normalmente no le hacía falta llegar a usar el segundo y de hacerlo solía sobrarle el tercero. Solamente una vez lo vi llegar a ese punto fatídico, hacía casi dos años de aquello y aún tenía pesadillas.
"Cara de perro" bebía whisky solo. -El ron es para maricones acomplejados, la ginebra para borrachos con excusas digestivas y el vodka para desinfectar las heridas. - decía con la crudeza con la que se afeita un camionero en el aseo de una gasolinera. -Si yo tuviera un bar, solo habría whisky. Whisky y tequila para brindar, por si a Salma se le ocurre volver-
Obviamente "Cara de perro" no tenía un bar y Salma no volvería nunca. Ella era una mexicana de sueño, que desapareció de su vida de la noche a la mañana.
- Nunca ames a una mujer. Quiérela cuanto puedas pero jamás se te ocurra amarla. Amar es el límite, una vez llegas, ya no puedes ofrecer nada más, ella lo sabe y se marcha. Las mujeres necesitan cierta incertidumbre en el amor, pensar que aún lo intenso, lo verdaderamente explosivo está por llegar. Si se lo das, ¿qué sentido tiene quedarse a tu lado? Ya tuvo su premio, el máximo.Cualquier persona coherente prefiere el misterio a la rutina.- Decía "Cara de perro" sin soltar el cigarrillo de la boca.
Me respetaba, quizás porque yo lo escuchaba sin interrumpirlo, no me esforzaba en absoluto. No era un hombre sabio pero había sufrido tanto que le sobraba inteligencia. Estar cerca de él, era como entrar dentro de una burbuja protectora. Quien me veía a su lado me respetaba, incluso memorizaban mi rostro y me saludaban allá donde me vieran.
- El amor es una mierda, te lo digo yo, pero se acaba, siempre se acaba. En cambio el odio puede ser infinito. Yo siempre odiaré a mi padre. El odio te hace duro,te marca los rasgos de la cara, para ser alguien en la calle, tienes que haber odiado con más intesidad de la que hayas querido. Parece que tú nunca has odiado a nadie.- Me dijo mientras observaba por el rabillo del ojo izquierdo a una morena que pedía un Martini.
- Yo también tenía una Salma. Le confesé aprovechando su silencio.
Me miró como nunca lo había hecho antes, con un toque de sensibilidad que a su rudo rostro le venía como una escena porno a una película de Disney. -Lucía- le gritó a la camarera- Pon cuatro chupitos de tequila- Me golpeó el hombro y brindamos bruscamente por el odio.
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